Arquitectura alimenticia
Esta semana nos hemos desayunado con manojos de pintorescos proyectos por doquier. Proyectos que suelen provocar dos tipos de reacciones: incredulidad –por lo mareante de las cifras- o un tímido entusiasmo -por el secreto deseo de abandono del lugar que ha quedado al margen del desarrollo-.
A estas alturas de la película,
España 2007, no parece cuestionable el hecho de que una ciudad o una región
intente situarse en el mundo procurándose inversores, generando trabajo,
industria, gastos, beneficios. Money makes the world go round. A todas luces unas pretensiones lícitas.
Lo que cuesta más obviar es el “producto arquitectónico” con el que pretende
llevarse a cabo.
“Isla Luna”, “El Manhattan de
Cullera”, “Spyland in Los Monegros”, “Marina D’or”. La arquitectura es el nuevo
“rock & roll”, oh yeah. Pero ante semejantes imágenes uno no puede más que
preguntarse quién demonios está detrás. Si lo más personal de uno mismo es su
propio ADN, lo más personal de un arquitecto es su propia obra. Un proyecto
arquitectónico habla de su autor. Y de su promotor. Y de la cultura y la
relación entre ambos.
Estas imágenes no transmiten cultura
alguna. Son cutres, horteras. ¿De verdad no hay una manera más digna de
enfrentarse a lo que supone –de partida- cualquier proyecto: "ilusión"? ¿Esto es
todo a lo que puede aspirarse? ¿Esto es lo que “demanda la sociedad”?.

A menudo se piensa en los arquitectos como profesionales endogámicos, bohemios ombliguistas que trabajan 26 horas al día y sueñan en formato *.*dwg. Siempre tienen un plano que terminar, un detalle que definir mejor. No hay tiempo para transmitir conocimiento alguno a la sociedad. No hay una cultura arquitectónica básica, como sí la hay por ejemplo médica. Ante determinados síntomas, sin medicación mediante, la gente sabe qué actitud adoptar. Ante determinados bodrios la gente no sabe posicionarse, no sabe si lo que tiene delante es bonito, feo, bueno, malo o regular.
Tal vez ese sea el motivo -que la profesión te coma la vida que decía un profesor- por el que hay tan pocos arquitectos en la escena política -tal vez nada más en las antípodas del espíritu de un arquitecto-. Nos merecemos como profesionales estos renders por delegar las decisiones que atañen a la ARQUITECTURA en manos de gentes cuyo “gusto” arquitectónico no difiere mucho del gastronómico –me gusta, no me gusta-, que decía Antonio Miranda. Y siguiendo con él, si el pescado está podrido, juzgar ese hecho como comensal, es combatir la barbarie, la estupidez, la petulancia, y sobre todo la superstición estética. Y este, apesta.




















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