Calatrava, escultor magno
Magno y carísimo. Podría haber sido como una
puerta inequívocamente veneciana de recepción, lo que no ocurre con el
puente de Calatrava, disponible para cualquier lugar, puerta de
recepción de cualquier sitio, puente sobre da igual qué calle o
autopista, pero que en su retórica es como un regalo procedente de
algún remoto lugar ajeno a Venecia, lo que siempre es estimable y de
agradecer, aunque, al final, el regalo resulte caro (de 1 millón de euros inicial, acabó costando más de 10), inapropiado e
inquietante, como ocurre tantas veces en la vida cotidiana.
Dicen que el puente es funcional, pero no se sabe si es necesario del todo, máxime cuando se trata de una construcción que es indiferente al lugar, como si Calatrava hubiese asumido literalmente lo que, sin embargo, Goethe escribiera con intención poética, que el Gran Canal era la más bella strada de agua del mundo. Así, reducida a una strada más, le ha construido un puente más, aunque legendario y polémico, perfecto en su diseño, pero no sin algún error, ya que se olvidó de los peatones con dificultades para caminar, a los que ha acabado por diseñarles un ascensor de recorrido horizontal paralelo al puente, como en un vaporetto aéreo. Pero hasta esas pequeñas cosas ayudan, sin duda, al mérito, fama y prodigio de la obra.





Últimos comentarios